ATRAPELO, ATRAPELO

La seguridad en nuestras ciudades esta envuelta en un grupo de elementos que no contrastamos

Fernando Urrea Beltrán – Periodista

La acción heroica de un guardaespaldas que enfrentó a unos agresivos atracadores (de los cuales uno resultó muerto) y el posterior anuncio que el señor podía ser acusado por homicidio culposo y pagar años de cárcel, encendido la indignación social provocando el apoyo de reputados abogados ofreciendo defenderlo sin costo. Todos nos preocupamos por la sencilla razón que bien habíamos aprendido en las películas que todos tenemos derecho a la legitima defensa, pero este es un timbrazo que nos trae de nuevo a nuestra realidad y nos enfrenta a nuestra cotidianidad en Colombia.

La seguridad en nuestras ciudades esta envuelta en un grupo de elementos que no contrastamos cuando recibimos un video de un atraco o de una reacción policíaca. Los derechos de los ciudadanos que tanto se reclaman en internet solo es una variable (que junto al código de policía, los intereses políticos y la influencia de las mafias) moldean nuestro actual panorama de seguridad.

Fui testigo hace unos años de la reacción desinteresada de un celador de un edificio en el cual trabajaba. Pudimos ver desde las ventanas como, desde la distancia de tal vez una cuadra, un hombre joven agredía a una señora para raparle las joyas del cuello, maltrantandola y dejandola golpeada en el piso. El delincuente pasó al trote por el frente al edificio donde el celador, un hombre corpulento, atrapo al raponero y lo lanzo al piso donde lo sostuvo con todo su cuerpo. No es de extrañar que se armara el alboroto y llegara gente. Al rato llegaron dos policías jóvenes (un hombre y una mujer). Con ayuda del celador recuperaron las joyas de la señora (que nosotros vimos que le había quitado), mientras que la mujer policía solicitaba un vehículo el hombre luchaba con el tipo para ponerle las esposa y en esas recibió un golpe en la cara con la cabeza del hampón. El celador tuvo que volver a ayudar y el policía le dio un golpe en las piernas al tipo para nuevamente tirarlo al piso.

En ese instante alguien de la multitud grito – no sean abusivos, no le peguen- y se armó un coro que pedía que lo soltaran. Si en esa oportunidad hubieren existido tantos celulares como hoy lo más seguro es que veríamos en Facebook denunciando al perverso policía (y un celador) atacando a  un indefenso ciudadano.

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