De la amable y pacífica Arauca, sólo quedan esos recuerdos de antaño

La ciudad sultana que menciona nuestro maravilloso himno, la otrora ensoñadora, agreste y orgullosa matrona de un llano que nos llevaba a la más alta relación, hoy es víctima inocente de dos vergonzosos lastres que parió de mala manera la modernidad.

La capital araucana no quería desarrollarse con esas máculas que generan pena ante el visitante y que a veces nos quisiera inducir a negar nuestra natividad llanera.
Uno de esos cánceres fue la llegada a partir del gobierno de Hernando Posso Parales de miles de advenedizos supuestamente desplazados (quién sabe de dónde) a meterse a las malas a sitios de alto riesgo, zonas cloacales
como las lagunas de oxidación y a lugares que eran reserva ecológica.Según analistas que han evaluado la conducta de esos colombianos supuestamente víctimas (será de la pobreza) surgen actores de gran peligro para la sociedad araucana como microtraficantes y delincuentes comunes que a diario roban, atracan, amenazan e intimidan a la gente que trabaja.
Esa herencia tristemente la dejó Hernando Posso y qué bien la acogió Luis Emilio Tovar y ahora la patrocina Benjamín Socadagüí, todo esto con la mirada complaciente de la Policía, del Ministerio Público, de los entes de control y de la obsoleta rama judicial.
A lo anterior se le suma al pobre y sufrido pueblo de Arauca la llegada de las langostas (no de Cravo Norte), de Venezuela, quienes vomitados por el dictador Maduro Moros, se refugiaron en la ciudad (también en los demás municipios) para pasar el trago amargo de un falso gobierno comunista.
Lo que en principio se miró como la inocente llegada de desesperados ciudadanos necesitado de un socorro solidario, pasó a convertirse sin querer queriendo en un monstruo que ahora ni el Gobierno ni la Policía saben cómo manejar.
Con esa masiva invasión de ciudadanos que antes llamábamos patriotas y que hoy hay que decirles bolivarianos, la seguridad nacional se puso en peligro y nadie dijo nada, hasta que comenzaron a aparecer las primeras víctimas.
Ahora no solamente la gente de bien de esta ciudad está sitiada por los indígenas renegados, la delincuencia criolla, sino por los malandros venezolanos, quienes se tomaron tanta confianza para delinquir que se dan el lujo de atracar con cuchillo en mano o arma de fuego que traen desde su país sin que las autoridades las detecten.
Rodeados por cinturones de miseria donde habitan avivatos y gente que sí tiene casa propia, de peligrosos delincuentes que atracan por do quier, de indígenas indigentes, de jueces y fiscales que parecieran cohonestar con el hampa, a los araucanos sólo nos queda vivir de ese recuerdo de esa ciudad que una vez nos regaló la sombra y el coqueto viento de las maporas o de aquella tan amable que dormía las oscuras noches con las puertas abiertas y añorando al borracho que se quedaba dormido con el grueso fajo de billetes al lado y que se atrevía a tomarlo.

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